Historia del Museo
Desde su descubrimiento la Cueva de Altamira fue considerada como algo especial y frágil, adoptándose medidas para garantizar su conservación. En 1924, tras el interés que el Rey Alfonso XIII manifestó por ella, se constituyó una Junta de Administración. Este fue el primer órgano colegiado de gestión. La primera instalación del museo fue una casa montañesa construida para exponer y conservar los objetos hallados en las excavaciones, sirviendo también como vivienda de su primer guarda.
La necesidad de atender a un número cada vez mayor de visitantes hizo que en los años 60 se edificara una nueva sede junto a la Cueva.
En el año 1973 se alcanzó el número de 174.000 visitantes. La masiva afluencia de público puso en peligro la conservación de las pinturas de la Cueva. Ello motivó que en 1977 se cerrase la cueva al público. En 1979 el Ministerio de Cultura creó el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira como instrumento científico y administrativo para la más correcta gestión y conservación de la Cueva de Altamira. En 1982, tras un exhaustivo trabajo de investigación, se reabrió la cueva con un régimen de visitas anual limitado a 8.500 personas. Así se garantizaba la conservación de las pinturas manteniendo estables las condiciones naturales de la caverna.
La cueva de Altamira
Descubrimiento.

D. Marcelino Sanz de Sautuola era un estudioso de las ciencias y experto en distintos campos aunque destacó como botánico e historiador. Fue un adelantado a su época. Su aportación a la prehistoria mundial llegó de la mano del descubrimiento de Altamira. Sería el primero en reconocer que las personas del Paleolítico eran capaces de crear obras de arte y en considerar auténticas las pinturas.
Todo comenzó en 1875 en el momento en que un pastor le informó de la existencia de una cueva en el Prado de Altamira. En su primera visita recogió restos arqueológicos de la superficie y localizó algunos dibujos. Años después, en 1878 acudió a la Exposición Universal de París, donde vio objetos prehistóricos del sur de Francia. La sorpresa que le produjo el gran parecido de estos objetos con lo encontrado en Altamira, le impulsó a volver a la cueva a continuar con sus investigaciones.
En 1879 regresó con su hija María quien localizó las famosas pinturas. D. Marcelino identificó los animales pintados como bisontes, asoció los pigmentos tomados del suelo con los colores del techo y comparó estas figuras con las representadas en el arte mueble paleolítico. En sus Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, publicado en 1880, descubría el arte rupestre paleolítico.
La idea que se tenía de los hombres prehistóricos en aquella época hacía difícil aceptar que hubieran sido los autores de aquellas pinturas, además su frescura y espectacular conservación resultaban sospechosas. Su autenticidad no fue reconocida hasta que otros descubrimientos en cuevas francesas dieron la razón a D. Marcelino.
Emile de Cartailhac, escribió en 1902 en su "Mea culpa de un escéptico" - "Fui partícipe de un error cometido hace veinte años, de una injusticia que es preciso reconocer y reparar públicamente. Es necesario inclinarse ante la realidad, y en lo que a mí respecta, debo hacer justicia a Marcelino de Sautuola".
Los avatares de Altamira en el siglo XX
- 1902-1924. Del reconocimiento de la Cueva de Altamira al primer museo. A partir de su reconocimiento en 1902, Altamira adquiere gran protagonismo. En 1921 se toman las primeras medidas para su investigación y adecuación a la visita pública por iniciativa de S.M. Alfonso XIII quien se ocupa personalmente de la tutela de la cueva. En 1924, se inaugura el primer museo de la Cueva de Altamira donde se exponen los objetos recuperados en las excavaciones arqueológicas.
- 1925-1977. Altamira, icono cultural y destino turístico. La visita de los veraneantes a la gruta, incluída la familia real, y vecinos de la entonces provincia de Santander, de intelectuales y artistas y políticos de todo el mundo, convierten la cueva de Altamira en un símbolo cultural universal. Tras la Guerra Civil, su gestión pasa a depender de un Patronato que gestionará todas las cuevas de la provincia. El elevado número de visitantes que
acceden a la cavidad hace peligrar la conservación de las pinturas, por lo que en 1977, la cueva se cierra al público.
- 1979-2004. Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira. El Ministerio de Cultura asume desde 1979 la titularidad de la Cueva de Altamira y crea el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altarmira dedicado a la gestión y conservación de este monumento. Tres años más tarde, los estudios de conservación realizados en la cueva permitieron su reapertura al público con un régimen de visitas limitado a 8.500 personas al año.
En 1985 la UNESCO reconoció a la Cueva de Altamira como Patrimonio de la Humanidad.
Desde 1992 se elaboró un plan museológico que concluyó con la apertura en 2001 de la nueva sede del Museo.
La Conservación de la Cueva de Altamira
Altamira es un ejemplo de conservación. Temperatura, humedad, anhídrido carbónico, filtraciones de agua o la estructura geológica de la cavidad son factores que pueden actuar simultáneamente, desencadenando daños irreversibles sobre las pinturas rupestres. La alteración de las condiciones naturales de la propia cueva es por tanto el mayor riesgo del arte rupestre, y ese fue precisamente el peligro generado por la afluencia masiva de visitantes a Altamira en los años 60 y 70.
Tras su cierre y reapertura en 1982, el control riguroso del número de personas que entra en la Cueva de Altamira garantiza el mantenimiento de las condiciones ambientales que la han preservado durante miles de años.
El Museo de Altamira es la institución encargada de controlar de forma permanente estas condiciones bajo la supervisión del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
El edificio
La protección de la Cueva de Altamira ha sido el principal condicionante en la ubicación, concepción y construcción del edificio que alberga la nueva sede del Museo de Altamira, inaugurada en 2001, proyectado por Juan Navarro Baldeweg.
Es un edificio minimalista, integrado en el paisaje como continuación de la esencia de la Cueva de Altamira, proyectado para albergar los espacios en los que se desarrollan las tareas de este museo: los espacios de exposición permanente, que incluyen la reproducción de la famosa sala de polícromos, laboratorios, aulas para actividades, auditorio, biblioteca, cafetería, tienda, etc.
Plano de distribución del museo
Fuente:
museodealtamira.mcu.es/neocueva.html